miércoles, 24 de febrero de 2016

LOS PADRES COMO FACTOR PROTECTOR EN EL PROCESO EDUCATIVO DEL NIÑO Y DEL ADOLESCENTE

LOS PADRES COMO FACTOR  PROTECTOR  EN EL PROCESO EDUCATIVO DEL NIÑO Y DEL ADOLESCENTE.
Amado Benito de la iglesia. Equipo Salud Mental Infanto-Juvenil  del distrito de Tetuán. Madrid. Profesor Asociado. Facultad de Medicina. Universidad Complutense Madrid.



A partir de mi experiencia diaria como clínico, y a la luz de lo que nos dicen hoy las ciencias de la salud y de la educación, voy hacer unas reflexiones en voz alta acerca de cómo veo el papel de los padres en el proceso de educativo desde el campo de la salud mental infanto-juvenil. Me centraré en aquellos elementos que considero más importantes de la competencia educativa parental.

(Extractos de la publicación original)

1.      DE LA  TOTAL DEPENDENCIA DEL RECIEN NACIDO A LA AUTONOMIA DEL ADULTO:  AYUDAR A CRECER EDUCANDO

          Cuando trabajo con los padres con el objetivo de ayudarles a aumentar sus recursos para mejorar la calidad de sus tareas  educativas  y promover la salud mental de sus hijos la primera cuestión que les planteo es la de la dependencia que sus hijos tienen de ellos.
 Los hijos, al nacer, son totalmente dependientes de los padres. Sin ayuda de otros adultos (padres o cuidadores) no serían capaces de sobrevivir. Son los recién nacidos seres humanos frágiles, indefensos, muy vulnerables y totalmente dependientes. Están expuestos a sufrir muchos riesgos y peligros de los que ni son conscientes de ellos ni se pueden defender. Por esta razón podemos decir, pues, que el destino de los hijos, en una parte muy importante, queda en manos, para bien o para mal, de los padres o cuidadores. Y serán en cierto modo rehenes de la herencia genética y cultural  de los  padres.
         Los hijos no eligen los genes, ni los genitores, ni los padres, ni el grupo familiar, ni las condiciones donde nacen, ni el país, ni el idioma, ni la guardería, ni el colegio, ni los profesores, ni el barrio, ni el instituto, etc., simplemente heredan. Y a partir de estas condiciones de salida tendrán que construir su yo, su identidad personal, su personalidad, su desarrollo integral (biológico, afectivo, cognitivo y social) con la ayuda de otros hasta que puedan ser autónomos e independientes  y, así, gobernar su vida sin que se la gobiernen los padres u otros.
Los padres, por tanto, tienen que ser conscientes, desde el momento que deciden que quieren ser padres, de su capacidad para influir en la vida de sus hijos. Y, además, de la obligación y responsabilidad que adquieren como asesores y orientadores del desarrollo integral o pleno de sus hijos.
         Tengo que decir, ya, para que los padres que me estén escuchando no se angustien y les entre el pánico,  que los padres, como más adelante aclararé, no lo son todo en la educación de sus hijos, pero, eso sí, sin ellos la educación y el bienestar biopsicosocial  de sus hijos se resentirá y aumentarán las posibilidades de que aparezcan conflictos y problemas del comportamiento.
       (...)
       
          Nuestra sociedad está llena de jóvenes sensatos, estudiosos, trabajadores y solidarios cuyos padres son  y han sido bastante impresentables; y padres cariñosos, sacrificados y responsables cuyos hijos son terribles. Y, de la misma manera, no todos los jóvenes que nacen, crecen y viven en  pueblos, barrios o ciudades marginales, con grandes carencias culturales y materiales son asesinos, criminales, ladrones y drogadictos; ni todos los que viven en palacios, chalets, barrios lujosos y casas de ensueños son unos santos.
          La educación va más allá del ámbito familiar y, también, del de la escuela. Los hijos no se tienen en un mundo idílico. Los padres viven una sociedad concreta y son también hijos del tiempo que les está tocando vivir. Sus estilos de vida, sus costumbres, sus valores y sus creencias, también, están influenciados por el contexto donde han nacido, crecido, desarrollado y viven en el momento actual. Sufren los avatares de un mundo que cambia continuamente. Las relaciones interpersonales están condicionadas por  acontecimientos y fenómenos que están fuera de su alcance. Las relaciones de padres e hijos están sometidas a las influencias del medio. Las nuevas formas de empleo y trabajo; los cambios en la vivienda; las nuevas formas de ocio; los cambios en la ciencia  y en la tecnología; y, por supuesto, las nuevas leyes que amparan los derechos de las personas hacen que la responsabilidad  educativa de los padres sea una tarea muy compleja.  El resultado final del proceso educativo, que debería ser la autonomía personal, es decir, ser capaz de gestionar la propia vida de manera  responsable y libremente, no va a depender, sólo, de la calidad de las relaciones educativas padres-hijo. Hay influencias educativas de la sociedad y, en concreto, las de la publicidad que están  fuera del control de los padres y que, sin embargo, modulan los comportamientos y las actitudes de los hijos. Los efectos subliminales de la publicidad controlan las neuronas de miles y miles de televidentes. Es tal el dominio  de los anuncios que son vistos por los niños y adolescentes que poco pueden hacer los padres para contrarrestar el impulso de consumir y comprar compulsivamente lo que les ofertan visualmente. La publicidad televisiva y por otros medios es un factor educativo que estimula el consumismo, falsea la realidad y crea sueños artificiales.  La publicidad en general y especialmente la televisiva, se constituye como un  educador supremo. ¿Y qué decir de la influencia del grupo de coetáneos, las redes sociales, Facebook, Twitter, Messenger, Podcast, Youtube, Gmail, iPod o iPhone, los blogs …?
            Es el carácter predominantemente gregario de la educación: el grupo es el que educa, a través de la necesidad del individuo de “formar parte”, y arrastra con fuerza irresistible, principalmente,  a los adolescentes y jóvenes  a la imitación  y la comparación. Hoy, pues,  en esta  sociedad deshilachada, en este miasma sociológico y existencial en el que nos hallamos sumidos en los inicios del siglo XXI, ¿quién educa? Mi respuesta es que educamos todos: los padres, los profesores, los vecinos, los familiares, los amigos, los compañeros, los medios de comunicación y, en definitiva, toda la sociedad. O en palabras del filósofo José Antonio Marina, educa toda la tribu.

        La educación, como podemos ver, es un proceso complejísimo y el resultado final es producto de la acción conjunta  de una gran variedad de factores. (...)
          Pero son los padres los primeros que tienen que aprender a cultivar todo el potencial o energía creadora que lleva el hijo dentro. (...)
¿Qué pueden hacer los padres en esta complejidad? ¿Cómo pueden los padres constituirse en un factor protector  del desarrollo integral de sus hijos? ¿Pueden los padres  protegerles  de las influencias negativas  o factores de riesgo que alteran el normal desarrollo de la personalidad del sujeto?¿Qué recursos necesitan los padres para educar y ayudar a su hijo a hacerse un sujeto fuerte, responsable, crítico, reflexivo, solidario, buen ciudadano, amante de la paz y ético?

2. LA CALIDAD DEL ACTO EDUCATIVO COMO FACTOR PROTECTOR Y PREVENTIVO DE LA VIOLENCIA.
LA COMPETENCIA EDUCATIVA PARENTAL.
¡”Qué difícil resulta ser padre”! “Nadie nos enseña a ser padres”. “Tendría que haber escuelas de padres obligatorias para aprender a ser padres”. Estas son expresiones que escucho con frecuencia en mi consulta cuando trabajo con los padres de niños y adolescentes con problemas psicológicos.
           Al colocarles ante la realidad concreta de tener que asumir su responsabilidad educativa dudan de su capacidad para ser padres. Creen que no están preparados. Que necesitan conocimientos o saberes que ellos no tienen. Piensan que necesitan que alguien experto en educación le diga lo que tienen que hacer. Algunos incluso se culpabilizan de estar maleducando a sus hijos y se atribuyen el fracaso de sus hijos. Y con una gran preocupación y, a veces, una gran angustia preguntan: “¿Qué podemos hacer para que nuestro hijo cambie?”
Yo les explico que para ser un buen padre o una buena madre no se requiere ir a la Universidad, ni hacer un Master de experto en educación. Pero sí tener y aplicar algunos recursos básicos. ¿Cuáles son, a mi entender, estos recursos básicos que los padres deben poseer para satisfacer las necesidades biológicas, psicológicas y  socioeducativas de sus hijos, y, en definitiva, protegerle de sufrir o producir violencia?
Brevemente señalaré  los aspectos más importantes.

Ø      CAPACIDAD DE AMAR Y APRENDER A QUERERLES.
Los hijos necesitan sentirse queridos. Sentirse seguros y protegidos. Y sentirse útiles. ¿Pero cómo los padres podemos demostrarles que los queremos, los damos seguridad y protección y son algo muy valioso para nosotros?
Aprender a amar a los hijos no es una cuestión de predisposición genética ni de leer muchos libros y artículos, sino del arte de la convivencia. Cuando la madre o el padre se relacionan con su bebé, atienden sus lloros, le cambian los pañales, le bañan, le consuelan, le duermen, le mandan a la cama, le organizan los horarios de las comidas, de la higiene, del descanso y del juego y el ocio; y le impiden meter el dedo en los enchufes,  no acercarse al fuego o a la cocina mientras se guisa, le enseñan a cruzar la calle, a ponerse el cinturón del coche, a vestirse y desvestirse solo, a lavarse las manos antes de la comidas y los dientes después, a respetar los horarios,  a las personas y las normas, a cumplir con las responsabilidades y obligaciones propias de su edad  están demostrándoles que les quieren, que les importan y que son algo muy valioso para ellos. ¿Quién si no alguien que te quiere hace todo esto por ti? Los padres aprenden a ser padres practicando con el hijo real y concreto que tienen delante. Y demuestran, con conductas concretas, que realmente quieren a sus hijos.
La educación de los hijos no es, sólo, una cuestión de conocimientos académicos o de guías didácticas para ser padres. Hay que saber estar delante de ellos con serenidad y paciencia. Aprender a relacionarse y establecer lazos afectivos sanos comunicando las propias emociones y captando las de los hijos. El enfado,  el descontrol,  la ira, la rabia y el grito no son buenos compañeros  para educar. Y educar significa dirigir y orientar desde la serenidad, la calma, la paciencia y la autoridad basada en el conocimiento y en la emoción y, por supuesto, en el cariño, el afecto y la ternura.

Ø      CONOCER LAS NECESIDADES  Y  SABER  PONER LÍMITES.
Los hijos, en las distintas etapas del desarrollo, tienen necesidades e intereses distintos a los del adulto-padres que, como   educador, ha de saber satisfacer. Suelo decir que el amor a los hijos es el camino más seguro para el sufrimiento de los padres responsables.  El amor a los hijos, a veces, ciega a los padres y pierden la conciencia del límite. Tanto el  exceso de luz como el exceso de oscuridad no nos dejan ver. Y los padres confunden los deseos con la realidad. No soportan ver sufrir a su hijo. No aceptan el principio de realidad. Y los quieren proteger de todo tipo de sufrimiento; objetivo, por otra parte, imposible pues el sufrimiento es consustancial a la naturaleza humana. Al mismo tiempo que impiden, con esta actitud, que el hijo aprenda a aceptar la frustración desde pequeño.
. El hijo que no llora, que no se pone enfermo, que no se cae, que no vomita nunca, que siempre tiene apetito, que duerme fenomenal, que camina muy pronto y sin caerse, que no llora si le dejamos con otras personas, que se adapta fenomenal en la escuela infantil, que aprende sin dificultades, que es sociable y tiene muchos amigos, que sale con los amigos y no practica ninguna conducta de riesgo, que no tiene problemas, que no sufre nunca, que acaba los estudios sin suspender nunca, que entra en la universidad, que encuentra a la mujer o el hombre ideal…ese hijo no existe.
Una cosa es satisfacer las necesidades básicas para el desarrollo integral y otra, muy distinta, satisfacer caprichos. Hay que aprender a darles lo necesario y suficiente, pero  saber educar el deseo para que lleguen a comprender y adquirir la conciencia del límite. El niño no entiende los límites educativos y éticos de los padres o educadores. No entienden que se les niegue lo que quieren en cada momento. Se enfadan, lloran, patalean y, a veces, agreden verbal o físicamente cuando no consiguen lo que desean. Los padres tienen que ser firmes, asertivos y justos en las demandas. No ceder al chantaje emocional del lloro o del enfado del hijo. Pues los hijos sólo cuando hayan crecido y madurado, y no siempre, comprenderán que los padres tenían razón cuando decían: “NO”. Aceptar la frustración y controlar los impulsos que produce es un proceso complejo y muy costoso de aprendizaje que comienza en la infancia.

Ø      OFRECER MODELOS  DE CONDUCTA POSITIVOS Y ETICOS
El valor del ejemplo: modelos.
Conocemos varios mecanismos por los que los humanos aprendemos las conductas que practicamos. Uno de estos mecanismos es la imitación. Aprendemos a hacer cosas imitando y observando lo que hacen otros.
(...)
Así pues, no vale eso de “haz lo que yo te digo, no lo que yo hago”. Hay que ser, no aparentar ser. No basta con que los padres o educadores tengan, “de labios para fuera”,  muchos conocimientos de psicología, pedagogía y didáctica. Lo más importante no es lo que digan, sientan o piensen, sino lo que hagan delante de los hijos: los modelos de comportamiento que les ofrecen. Suelo decir que la conducta nos delata, se chiva del que tipo de persona que somos. Es muy difícil enseñar a los hijos lo que los padres no saben, pero va ser mucho más difícil aún enseñar lo que no se practica. La ética no se demuestra, se muestra con el comportamiento ejemplarizante. Los niños y los adolescentes tienen una fuerte tendencia a imitar la conducta del adulto y de los niños y adolescentes entre sí. Se fijan en el comportamiento de los otros y aprenden imitando. Los padres tienen que saber estar    y comportarse delante de los hijos. No gritar si no quieren que griten los hijos. No insultar si no quiere ver a sus hijos insultando. No pelear entre adultos si no quieren que los hijos sean agresivos. Respetar a las personas si quieren que los hijos aprendan a respetar a sus semejantes. Dialogar entre los adultos para resolver los conflictos si quieren que los hijos aprendan a dialogar y a no usar la fuerza para resolver los problemas de la convivencia. No mentir sino quieren que sus hijos aprendan a mentir. Y, con respecto a la mentira, observo que cada vez hay  más contextos familiares e instituciones en los que, si no sabes mentir, no sobrevives. Unas mentiras apoyan a las otras y no pasa nada. De esta manera se logra que las personas no se conozcan  de verdad: se conoce lo que las personas aparentan ser, pero no lo realmente son.

Ø      FACILITAR LA ADQUISICIÓN DE HÁBITOS SALUDABLES.
Aprender a ser responsables. La responsabilidad como hábito.
El ser humano es un animal de costumbres, se suele decir. Pues sí. Desde que nacemos estamos aprendiendo y adquiriendo hábitos. Hábitos operativos para interaccionar con el medio, adaptarnos  y sobrevivir; hábitos afectivos; y hábitos cognitivos. Sí, también, aprendemos a pensar. Sin embargo, el desarrollo y la adquisición de hábitos saludables es una tarea difícil y compleja que requiere algo más que de pautas didácticas para padres. Para que los hijos interioricen un comportamiento y lo conviertan en hábito: realizar una conducta sin apenas coste atencional. Los padres tienen que crearles las condiciones de posibilidad. Va  a ser  su actividad, su experiencia vivida, la fuente principal de aprendizaje. Desde que nace el niño va a practicar un gran   número de conductas conformadoras de hábitos. Los niños y niñas no tienen conciencia del alcance e importancia de las conductas que conducen al hábito. Son los padres y los educadores los que  tienen el poder, la responsabilidad y la obligación de adquirir los conocimientos básicos para organizar de manera afectiva y sensata las condiciones ambientales inductoras de estos hábitos saludables deseados: hábitos de descanso, de alimentación, de higiene, de juego-ocio, de estudio, de respeto a las personas, de colaboración y de esfuerzo. Y son los  padres, muchas veces sin darse cuenta, los que cuando responden a las demandas de los hijos con una sonrisa, un tono de voz determinado, un sermón, una regañina, un grito, o dándole todo lo que piden los hijos están reforzando la adquisición y mantenimiento de los hábitos tanto los positivos como los negativos. A lo largo del día, en distintos momentos y situaciones, sancionamos, valoramos y aprobamos su conducta y facilitamos su aprendizaje. Con un poco de sentido común, y a veces con la ayuda de un médico o un psicólogo o un profesor, los padres tienen que aprender y darse cuenta que los hijos , desde que se levantan hasta que se acuestan, están inmersos en un mundo lleno de estímulos y respuestas facilitadores y reforzadores de hábitos.
Cuando la madre o el padre se relacionan con su bebé, atienden sus lloros, le cambian los pañales, le bañan, le consuelan, le duermen, le mandan a la cama, le organizan los horarios de las comidas, de la higiene, del descanso y del juego y el ocio; y le impiden meter el dedo en los enchufes,  no acercarse al fuego o a la cocina mientras se guisa, le enseñan a cruzar la calle, a ponerse el cinturón del coche, a vestirse y desvestirse solo, a lavarse las manos antes de la comidas y los dientes después, a respetar los horarios,  a las personas y las normas… están siendo, con sus exigencias-conductas justas y pertinentes, los verdaderos y más eficientes elementos organizadores de los hábitos y costumbres de su hijo. Los niños, al nacer, dependen totalmente de los padres o educadores. Es muy importante saber usar este poder. Y, en otras palabras, aprender a utilizar nuestra conducta para influir positivamente en la conducta de los hijos.  Los padres, la madre y el padre, tienen que tener muy claro cuáles son las exigencias educativas básicas para cada etapa del desarrollo de los hijos. Y, algo fundamental, ponerse de acuerdo en las exigencias. Tener criterios, en las pautas básicas y esenciales, homogeneos. Las exigencias educativas contradictorias, producto de las distintas formas de los padres de ver la educación, será una fuente constante de conflictos y, por supuesto, retardarán o fracasarán en la adquisición y el mantenimiento de las conductas que se pretende que practiquen los hijos. Tienen que recordar, los padres, que la construcción de un hábito de conducta saludable  es un proceso que no tiene vacaciones. Los cambios, muchas veces radicales, en las exigencias de las normas y costumbres que se producen en vacaciones o , lo que es peor, en los fines de semana y puentes, debilitan la fuerza del hábito o favorecen su extinción. Claro, los hábitos insanos o negativos aprovechan la oportunidad para reforzarse.
Son los pequeños detalles del día a día los que van modelando la personalidad del hijo.  Un beso, una muestra pequeña  de cariño o una mirada aumentan la probabilidad de que las conductas positivas de los hijos vuelvan a ocurrir en el futuro. A menudo nos pasan desapercibidos estos detalles y nos olvidamos de que en las primeras fases del desarrollo y el aprendizaje, tratándose sobre todo de los hijos más pequeños, es muy importante valorarle y reforzarle toda aquella conducta  inteligente que realice. De esta manera, paso a paso, los padres van ayudando a que los hijos, desde pequeños, repitan las conductas correctas de forma espontánea, casi sin darse cuenta y sin necesidad de que estén todo el día “encima de ellos”.
LA RESPONSABILIDAD COMO HÁBITO.
¿Qué pueden hacer los padres para que un hijo sea responsable y asuma las tareas propias de su edad? ¿Qué factores facilitan y refuerzan las conductas responsables?

Si los padres dedicamos un poco de tiempo  a estar con nuestros hijos y a cuidarlos, y observamos con un cierto cuidado y atención la conducta de ellos, podremos comprobar que las conductas de nuestros hijos dependen, entre otros factores, de las consecuencias que suponen para ellos y para los demás. Lo que los hijos hacen, piensan y sienten no ocurre porque sí, por capricho o de manera misteriosa. Por el contrario, en una medida muy importante, depende de las consecuencias  que obtienen comportándose de la manera concreta en que lo hacen.
 De ahí la importancia que tiene que los padres sepan enseñar a los hijos, desde pequeños, a descubrir la relación entre conductas y consecuencias.  Los sermones y las explicaciones no serán eficaces sino sabemos exigir  a los hijos que asuman las consecuencias de su conducta. Esto es, que asuman su responsabilidad. Hay que aprender a exigir a los hijos que hagan por sí mismo toda aquella conducta que es propia de su edad y está capacitado para hacerla. Si cuando puede comer él solo le damos de comer, estamos impidiendo que aprenda a ser responsable; si cuando puede vestirse  y desvestirse solo le ayudamos, estamos impidiendo que aprenda a ser responsable; si cuando puede hacer él solo los deberes le ayudamos, estamos  impidiendo que aprenda a ser responsables; si cuando no cumple las normas o falta al respeto a las personas le ponemos la cena o la comida, estamos  impidiendo que aprenda a respetar a las personas.  En estos pequeños detalles se empieza a enseñar a los hijos la importancia del esfuerzo y a fortalecer la voluntad. La voluntad para estudiar, para insistir, para vivir se refuerza practicando desde pequeños. (...)
Sólo así, tendremos más probabilidades, de que los hijos  descubran que hay límites. Que tienen que aceptar la frustración. Que una cosa es la realidad y otra el deseo. Que no se puede tener todo en todo momento. Que hay cuestiones que son negociables y otras que no. Que  conquistar la autonomía personal y la independencia no pude hacerse si no es a través de la obediencia y el esfuerzo y la voluntad.  En definitiva, que aprenda a conquistar desde pequeño, con su conducta inteligente, espacios de libertad, de dignidad y de bienestar: a ser responsables de la gestión de su vida.

21 octubre 2010. Pontevedra


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